Estamos en 1834. Hahnemann sigue viviendo en su « jubilación« de Köthen. Acaba de conocer a Marie Mélanie d’Hervilly y seguramente ni se imagina que va a vivir con ella una nueva etapa de su vida, ¡en Francia! En ese país a la vez tan cercano y tan lejano, donde la homeopatía se encuentra casi todavía en sus inicios. Solo unos pocos médicos francófonos que habían frecuentado a Hahnemann en Köthen, o que habían mantenido correspondencia con él y estudiado sus libros a fondo, conocían en qué consistía la homeopatía y podían practicarla con éxito. Por lo demás, ¿qué se sabe de ella? Como atestiguan las escasas menciones al respecto en la prensa de la época, aquí y allá solo se alude a la homeopatía en reseñas procedentes del extranjero, se utiliza su nombre y las dosis minúsculas para recurrir a figuras retóricas dudosas y más o menos irónicas, o a modo de comparación sobre cualquier tema. A veces también se cuestionan sus éxitos. Y ya se burlan de ella hasta el punto de tacharla de charlatanería, ya que el colmo de lo inconcebible, alcanzado de forma manifiesta, pone los pelos de punta a algunos.

Al margen de los rumores y de la confusión que, según nos parecía entonces, rodeaba a la homeopatía, algunos columnistas escrupulosos —o simplemente curiosos— tuvieron la buena idea de ofrecer a sus lectores un resumen de lo que podían considerar fiable sobre esta nueva forma de tratar a los enfermos. Por lo tanto, había que leer a Hahnemann (¡y siempre hay que hacerlo!), al menos en francés*, para saber de qué se trataba realmente y para tener, como mínimo, una visión general correcta de la homeopatía antes de abordar el tema y, posteriormente, criticarlo si fuera necesario. Lo que le está permitido a Júpiter, no se lo está permitido al buey.
Con este propósito, queríamos presentaros uno de esos raros textos no polémicos, hallado en el periódico más importante de la época, más allá de su carácter de curiosidad literaria. Aunque, como artículo de divulgación, no está exento de imprecisiones ni de torpezas (véanse las notas), constituye, no obstante, un resumen bastante fiel y completo del libro fundamental de Hahnemann. Los puntos fundamentales del método homeopático, ¡por fin!, se exponen en él sucesivamente, lo que reviste un interés didáctico para el lector medio de nuestro siglo, más acostumbrado a encontrar en los medios de comunicación la sempiterna y burda trilogía: similitud, « infinitesimal« y « totalidad« . Os invitamos a descubrirlas (o redescubrirlas) paso a paso, con la esperanza de que algunas de ellas, menos conocidas que otras, os llamen la atención **. Por último, cabe destacar que el autor, consciente de los efectos devastadores de la medicina de su época, concluye con una nota personal optimista y progresista.
Que disfrutes de la lectura.
* Aunque, hay que recordarlo, la traducción al francés del quinto Organon realizada por Jourdan en 1834, que no siempre era rigurosa, no ayudaba necesariamente a los comentaristas de la época.
** Para más información: https://www.youtube.com/watch?v=i-59Fs326Ng
REVISTA CIENTÍFICA DE MEDICINA HOMEOPÁTICAŒÓPTICA
publicado en « «Le Constitutionnel», periódico de economía, política y literatura », número 294, del 21 de octubre de 1834, págs. 1-3
https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k655064c/f1.item
https://www.retronews.fr/journal/le-constitutionnel/21-oct-1834/22/478593/1
Revisión, correcciones, añadidos y notas de Athelas, septiembre de 2019
Tenemos que hablar de un nuevo sistema1,2 de medicina. Cuando digo «nuevo», hay que matizar, pues, más allá del Rin, donde surgió hace unos treinta años, puso en vilo a casi todas las mentes rígidas y médicas de los alemanes, que han escrito, a favor y en contra, volúmenes suficientes para llenar la Biblioteca Real; pero, dado que desde hace algún tiempo se ha colado entre nosotros y se presenta con promesas muy seductoras para todos los enfermos que desean curarse, no hay que echarlo a la calle sin antes haberlo conocido. ¿Y quién sabe si, tras darle la bienvenida que se le debe a un recién llegado, no le concederemos el derecho de ciudadanía? Ya acogimos de buen grado la vaporosa filosofía importada de las mismas tierras por el señor Cousin. No digo que la medicina homeopática sea un disparate, Dios me libre; he leído, visto y oído demasiado sobre teorías médicas como para condenar a la recién llegada, que, al fin y al cabo, no tiene nada que envidiar a sus predecesoras. Además, mejor para ella: si es un disparate, tiene posibilidades infalibles de éxito.3 ; pues nuestra pobre humanidad está condenada a repetir con demasiada frecuencia, junto con San Agustín: Creo porque es absurdo4. En cualquier caso, debo decirles desde el principio que la medicina homeopática hace tabla rasa de todas las teorías, sean cuales sean, que la han precedido, y que se compromete a curar todas las enfermedades que son curables en unas pocas horas5, sin convalecencia y de forma eficaz. ¡Que tenga mucho éxito la medicina homeopática, si cumple lo que promete! Adiós, pues, a los médicos «humoristas» [tanto en sentido literal como figurado, nota del corrector] que habían afirmado que todas las enfermedades procedían de los humores pecaminosos, ácidos, alcalinos, biliosos, etc., y que había que expulsar esos humores mediante eméticos, purgantes, sudoríficos y diuréticos. ¡Adiós a los «solidistas»6 que, al sostener que toda enfermedad reside esencialmente en las partes sólidas de nuestro organismo, la alteración de los humores no es más que el resultado de la alteración de los órganos, y que, por lo tanto, hay que debilitar o estimular, contraer o relajar. ¡Adiós a los médicos alquimistas que solo veían en el cuerpo humano alambiques y crisol, así como a aquellos que solo lo consideraban una máquina hidráulica! ¡Adiós a los médicos que quieren que siempre se sangre, y a aquellos que quieren que nunca se sangre, así como a los que quieren curarte e incluso inmortalizarte inyectándote sangre nueva en las venas! ¡Adiós a Sangrado, a Purgon, a Diafoirus, y viva la homeopatía!7 !

¿Qué es, pues, la homeopatía? Esta palabra se compone de dos términos griegos que significan «enfermedad análoga», ya que su principio fundamental consiste en administrar, para curar cualquier enfermedad, un medicamento que, en una persona sana, produzca efectos similares o lo más análogos posible a los de la enfermedad que se desea combatir. En otras palabras, la medicina homeopática tiene como lema similia similibus curantur, a diferencia de la medicina antigua, que trataba las enfermedades con remedios opuestos a ellas, contraria curantur.
Hahnemann, el líder de esta nueva escuela, se vio obligado a admitir este principio fundamental de su sistema al intentar explicar el poder febrífugo de la quina, ya que no estaba conforme con las hipótesis infundadas que se habían planteado sobre este tema. Realizó algunos ensayos con esta sustancia en sí mismo. Su sorpresa fue mayúscula cuando observó que la quina producía en el ser humano sano una fiebre intermitente muy similar a la que este medicamento suele curar, y que, además, provocaba diversos síntomas a los que nunca se había prestado atención. Impresionado por esta observación, el autor se preguntó si la facultad febrífuga de la quina no dependería de esta propiedad de provocar en el hombre sano una afección similar a la fiebre accesiva, y si este hecho, bien constatado, no se repetiría con otras sustancias dotadas de la capacidad de producir afecciones similares a las que curan. Con una paciencia increíble se dedicó a estos ensayos durante muchos años, utilizándose a sí mismo como sujeto de sus experimentos. Privaciones de todo tipo, régimen estricto, sufrimientos diarios provocados por la ingestión de medicamentos, muchos de los cuales eran venenos activos: se sometió a todo ello para llegar al descubrimiento de la ley que buscaba con tanto ahínco.
Cada sustancia farmacológica se estudió hasta en los más mínimos detalles de sus efectos sobre el cuerpo humano. Al dedicarse a esta labor, no tardó en darse cuenta de que los medicamentos que se denominan «específicos»8 debían su eficacia a su acción homeopática. Así, el mercurio cura las afecciones sifilíticas, porque el mercurio produce en el individuo sano síntomas que guardan la mayor analogía con los de la sífilis; el virus de la vacuna9 protege contra la viruela al provocar síntomas cuyo parecido con los de esta enfermedad nadie puede negar; la belladona cura la escarlatina, porque esta sustancia produce efectos análogos o casi similares. El opio cura el cólico del plomo o de los pintores porque provoca un estreñimiento análogo al del cólico del plomo. Las cantaridas se consideran el auténtico específico de la rabia, porque la observación ha revelado que este medicamento [Cantharis] provocaba, en el hombre sano, los síntomas más constantes de la rabia, a saber, la dificultad para tragar y el horror al agua. Los médicos homeópatas también se jactan de curar el cólera morbus al menos nueve de cada diez veces mediante el uso del cobre o del eléboro blanco, ya que estas sustancias producen efectos muy similares a los del cólera. Por último, no hay ninguna enfermedad, por grave que sea, que no tenga en la naturaleza un remedio análogo y de eficacia segura. Se comprende de inmediato la inmensa serie de investigaciones que el médico deberá llevar a cabo para llegar al punto en el que pueda decirse: dado un conjunto de síntomas mórbidos, ¿cuál es la sustancia que produce síntomas análogos o similares, ya que solo esa podrá curar la enfermedad?
Según el sistema de Hahnemann, el médico nunca tiene que indagar sobre la causa de las enfermedades, ya que desconocemos dicha causa. Pero, aunque no podamos conocerla, sabemos que está íntimamente relacionada con los síntomas; y los síntomas, en cambio, podemos evaluarlos fácilmente y hacerlos desaparecer provocando artificialmente síntomas análogos. ¿Cómo, en efecto, protege el virus de la vacuna al organismo contra el contagio de la viruela, si no es provocando en él sustituyente ¿un remedio muy similar y, por ello mismo, capaz de excluir cualquier influencia de la misma naturaleza? Y lo mismo ocurre con el mercurio para la sífilis, la quina para las fiebres intermitentes, la pulsatilla para la tos ferina, etc. No resulta fácil concebir que, al añadir una afección similar o análoga a la que ya existe, esta última desaparezca, o que, al menos, la afección artificial no permanezca en lugar de aquella a la que ha desplazado. La suma de dos o más unidades no puede dar como resultado cero. Sin embargo, si los resultados fueran tal y como se afirma, no nos quedaría más remedio que aceptarlos y dejar nuestros razonamientos tal y como son: no decidimos, solo exponemos.
El médico —dice Hahnemann— no tiene más que curar en las enfermedades que los sufrimientos del enfermo y las alteraciones del ritmo regular, que son perceptibles por los sentidos; es decir, la totalidad o el conjunto de los síntomas mediante los cuales la enfermedad indica los medicamentos adecuados para aliviarla; todas las causas internas que se le pudieran atribuir, todos los caracteres ocultos que se le quisieran asignar, no son más que vanas fantasías.
El estado del organismo que denominamos enfermedad solo puede transformarse en un estado de salud mediante una alteración del organismo provocada con medicamentos. La virtud curativa de estos últimos consiste únicamente en el cambio que provocan en el estado del ser humano, es decir, en la producción específica de síntomas mórbidos. Los experimentos realizados con sujetos sanos son el mejor y más seguro medio que se puede emplear para reconocer este poder. Cualquier experimento que se intentara con un individuo enfermo sería absurdo, inútil y anticientífico.
A la luz de todos los datos conocidos, es imposible curar una enfermedad con medicamentos que, por sí mismos, tengan la capacidad de provocar, en personas sanas, un estado o síntomas artificiales. opuestos. Por lo tanto, esta medicina, basada en los contrarios, nunca proporciona la curación. La propia naturaleza nunca lleva a cabo una curación en la que una enfermedad sea aniquilada por otra diferente que se le añada, por muy grave que sea esta nueva afección.
Todos los hechos concuerdan además en demostrar que un medicamento capaz de provocar, en una persona sana, un síntoma patológico opuesto a la enfermedad que se pretende curar, solo produce un alivio pasajero en una enfermedad ya antigua, nunca proporciona la curación y hace que siempre vuelva a aparecer, al cabo de un tiempo, más grave de lo que era antes. El método curativo mediante los opuestos y que es puramente paliativo es, por lo tanto, totalmente contraria al objetivo que nos proponemos en las enfermedades de cierta gravedad. El verdadero método, el único al que aún se puede recurrir, es el método homeopático, que emplea, contra el conjunto de los síntomas de una enfermedad, un medicamento capaz de provocar, en una persona sana, síntomas lo más parecidos posible a los que se observan en el enfermo. Es el único que resulta realmente beneficioso, el que siempre elimina las enfermedades o las alteraciones de las funciones del organismo de forma fácil, completa y rápida. La propia naturaleza nos da el ejemplo; en este sentido, cuando a una enfermedad existente se le añade otra nueva que le es similar, la cura se produce con rapidez y de forma definitiva.

En ningún caso es necesario emplear más de un medicamento simple a la vez. El verdadero médico (es decir, el homeópata) encuentra en los medicamentos no mezclados todo lo que puede desear, es decir, potencias morbíficas [es decir, capaces de provocar la enfermedad] artificiales que, gracias a su facultad homeopática, curan completamente las enfermedades naturales; y, dado que es un precepto muy sensato no intentar nunca lograr con varias potencias lo que se puede conseguir con una sola, nunca se le ocurrirá recetar como remedio otra cosa que un único medicamento simple a la vez. Tampoco ignora que un medicamento simple, administrado en una enfermedad cuyos síntomas en su conjunto se asemejan perfectamente a los que produce, la cura de manera perfecta.
Pero la elección de un medicamento para un caso concreto de enfermedad no se basa únicamente en su carácter perfectamente análogo, sino también en la exigüidad de la dosis en la que se administra. Si se administra una dosis demasiado fuerte de un remedio, aunque sea totalmente homeopático, perjudicará infaliblemente al enfermo, aunque la sustancia medicinal sea beneficiosa por naturaleza; pues la impresión resultante es demasiado fuerte y se percibe con mayor intensidad, ya que, en virtud de su carácter homeopático, el remedio actúa precisamente sobre aquellas partes del organismo que ya han sufrido más los efectos de la enfermedad natural. El aumento de la dosis en sí mismo causa tanto más perjuicio al enfermo cuanto más homeopático es el remedio, y una dosis fuerte de un medicamento similar causará más daño que una dosis de una sustancia opuesta o diferente, pues entonces la enfermedad artificial, muy análoga a la enfermedad natural, que el remedio ha provocado en las partes más afectadas del organismo, llega al punto de causar daño, mientras que, de haberse mantenido dentro de los límites adecuados, habría logrado una curación suave, fácil y segura.
Ahora queda por determinar cuál es el grado de dilución más adecuado para conferir, a la vez, certeza y suavidad a los efectos beneficiosos que se desean producir, es decir, hasta qué punto hay que reducir la dosis del remedio homeopático para un caso concreto de enfermedad, a fin de lograr la mejor curación posible de la misma. No hay que recurrir a conjeturas teóricas para resolver este problema. Todas las sutilezas imaginables no servirían de nada, y es evidente que solo mediante experimentos puros y observaciones exactas se puede alcanzar el objetivo. Ahora bien, estos experimentos demuestran que, cuando la enfermedad no depende manifiestamente de una alteración profunda de un órgano importante, y cuando se tiene cuidado de alejar del enfermo toda influencia medicinal ajena, la dosis10 La dosis del remedio homeopático nunca puede ser tan baja como para que su potencia sea inferior a la de la enfermedad natural que puede extinguir y curar, siempre y cuando conserve la energía necesaria para provocar, inmediatamente después de su administración, síntomas un poco más intensos que los propios de la enfermedad. Sería absurdo objetar las altas dosis que emplea la medicina convencional, cuyos medicamentos no se dirigen a las partes afectadas propiamente dichas, sino únicamente a aquellas que no están afectadas por la enfermedad. Esta proposición, sólidamente establecida por la experiencia, sirve de regla para atenuar la dosis de todos los medicamentos homeopáticos, sin excepción, hasta tal punto que, tras haber sido introducidos en el cuerpo, solo produzcan un aumento casi imperceptible. ¿Qué importa, pues, que la atenuación llegue hasta el punto de parecer imposible a los médicos vulgares? Las vanas declamaciones deben cesar ante la infalible experiencia.
Pero, ¿cómo es posible que un medicamento reducido a la millonésima, a la billonésima o a la decillonésima parte de un grano pueda tener el más mínimo efecto sobre el organismo animal? Y es que los médicos homeópatas solo utilizan dosis reducidas hasta ese grado de dilución. A esto, dicen, los hechos dan respuesta.
Quizá se piense que, al hablar de una milmillonésima o una deciliónima parte de un grano, estamos bromeando para ridiculizar la homeopatía. En absoluto, es algo muy serio, y nos expresamos así siguiendo a los propios líderes de esta escuela. He aquí, por lo demás, uno de los procedimientos mediante los cuales llegan a esta división atómica; Hahnemann aconseja mezclar el jugo activo de las plantas en proporciones determinadas con alcohol, que las conserva en su estado de pureza, o bien las sustancias secas pulverizadas con azúcar de leche en polvo, materia evidentemente neutra y apta para servirles de excipiente. Así, una gota de jugo de planta, mezclada íntimamente con 99 de alcohol, da lugar a un preparado en el que cada gota contiene una centésima de gota del medicamento. Una de estas gotas, mezclada de nuevo con 99 de alcohol, lleva la división hasta una décima de milésima, y así sucesivamente hasta la millonésima, la billonésima, etc.
Lo mismo ocurre con las sustancias en polvo mezcladas íntimamente con las mismas cantidades proporcionales de azúcar de leche, tomando el grano como unidad. Si, por ejemplo, una persona padece fiebre escarlatina, el médico homeópata, sabiendo que la belladona produce efectos bastante similares a los de esta enfermedad, elegirá la belladona para curarla, pero no le administrará ni un grano, ni medio grano, ni la centésima parte de un grano. ¿Cuánto, entonces? Un decillón, es decir, la parte decillonésima de un grano, ni más ni menos.11.
Si esta división infinitesimal os ha asustado y ha sembrado la duda en vuestra mente, sabed que aún no hemos dicho nuestra última palabra. Sin duda, a su mente le costará creer que se pueda curar una enfermedad grave —y eso en pocas horas, por favor, y sin convalecencia— mediante la decillionésima parte de un grano de una sustancia medicinal. Pero debo informarles de que los medicamentos administrados en dosis tan prodigiosamente pequeñas adquieren, según Hahnemann, una fuerza curativa [que tiene la propiedad de curar] prodigiosa, dependiendo de si han sido sometidos a un frotamiento o a agitaciones más o menos numerosas y prolongadas. Así pues, cuando haya agitado una vez la parte millonésima de un grano de opio en un frasco, este tendrá una potencia menor que si se hubiera agitado dos veces, tres, etc.
Incluso hay sustancias, como el carbón vegetal, la sílice, el licopodio, etc., consideradas inertes en su estado natural, que adquieren mediante la fricción una virtud curativa de lo más pronunciada, y que solo pueden administrarse en dosis mínimas, cuando los síntomas que provocan en una persona sana concuerdan plenamente con los que presenta el enfermo al que se quiere curar. Y si fuerais tan incrédulos como para poner en duda un hecho constatado tantas veces por los médicos homeópatas, debería recordar que una placa de cristal de una máquina eléctrica que, en su estado natural, no desprende electricidad, desarrolla en pocos instantes una gran cantidad de ella cuando se frota entre cojines, y da lugar a los fenómenos más extraordinarios12. El efecto de la fricción, en estas dos circunstancias, no tiene nada que deba sorprender más en una que en la otra. Si esta explicación no te satisface, es porque eres difícil de convencer, aunque sé muy bien que podríais replicar que la liberación de electricidad deja de producirse cuando la placa está en reposo, y que lo mismo debería ocurrir con las dosis homeopáticas cuando se deja de agitarlas y se han dejado reposar durante mucho tiempo.

Dada la importancia que tiene, en la práctica de la medicina homeopática, que las dosis sean muy pequeñas, es comprensible que haya que excluir de la dieta y del estilo de vida de los enfermos todo aquello que pudiera ejercer sobre ellos cualquier tipo de influencia medicinal, para que el efecto de dosis tan exiguas no se vea anular o alterado por ningún agente extraño. Así, dice Hahnemann, se deben evitar el café, el té y la cerveza, que contienen sustancias vegetales que no convienen al enfermo; los licores preparados con hierbas medicinales; el chocolate especiado; las aguas de colonia y perfumes de todo tipo; los dentífricos, en polvo o líquidos, que contengan sustancias medicinales, las bolsitas perfumadas, los platos muy condimentados, la repostería y los helados aromatizados, las verduras que consistan en hierbas o raíces medicinales, el queso madurado, las carnes maduradas, la carne y la grasa de cerdo, oca y pato, y la ternera demasiado joven. Todas estas cosas ejercen una acción medicinal secundaria y deben mantenerse cuidadosamente alejadas del enfermo. También se prohibirá el abuso de todos los placeres de la mesa, incluso del azúcar y la sal.13; se prohibirán las bebidas alcohólicas, el exceso de calor en las viviendas, el sedentarismo, el ejercicio pasivo a lomos de un caballo o en carruaje, la lactancia, dormir después de la cena y la falta de higiene; se evitarán las causas de ira, pena y resentimiento; el juego llevado hasta la obsesión; el esfuerzo mental excesivo; la estancia en una zona pantanosa; y la residencia en lugares donde el aire no se renueva. Todas estas influencias deben evitarse o alejarse, en la medida de lo posible, si se quiere que la curación se produzca sin obstáculos, o incluso que sea posible.
El médico que practica la homeopatía debe, por lo tanto, en resumen, centrarse en cinco aspectos principales, a saber: 1.º estudiar cuidadosa y minuciosamente todos los síntomas, sin excepción, que presenta la enfermedad que desea curar, sin preocuparse por las causas de la propia enfermedad; 2.º buscar en la naturaleza la sustancia que, tomada de forma aislada, produzca en el individuo sano los síntomas que más se asemejen a los de la enfermedad que desea combatir, teniendo muy presente que, para cada enfermedad concreta, existe una sustancia medicinal análoga y adecuada para su curación; 3. Administrar los medicamentos en dosis extremadamente bajas; 4. Potenciar la acción de los medicamentos mediante la fricción; 5. Alejar del enfermo todo aquello que pudiera perjudicar la acción del remedio homeopático, precaución que resulta indispensable, so pena de no obtener ningún efecto. Y he aquí el nuevo sistema que debe derribar el antiguo edificio basado en la experiencia de siglos pasados. No obstante, es probable que no todo deba rechazarse en la doctrina homeopática; tal vez sea incluso un eslabón indispensable en la cadena de los sucesivos avances y perfeccionamientos de la ciencia. Mediante la investigación de los efectos que los medicamentos, en su forma más simple, producen en el ser humano sano, el método homeopático traza el camino para la determinación exacta de las propiedades elementales de los remedios y, a pesar del caos que reina en mayor o menor medida en todas las farmacologías modernas, ofrece la esperanza de que pronto se pueda aportar orden y sencillez a esta parte de la medicina. Mediante la observación detallada y, en ocasiones, minuciosa de los síntomas, dirige la atención de los médicos hacia el perfeccionamiento de esa parte del arte de curar que consiste en saber reconocer las enfermedades y distinguirlas unas de otras. La administración de remedios homeopáticos en dosis muy pequeñas evita el uso temerario y superfluo de medicamentos en dosis elevadas, tal y como los han venido recetando desde hace algún tiempo de forma abusiva muchos médicos, que siguen un enfoque sistemático de otro tipo. También tiende a moderar las excesivas sangrías artificiales que se ordenan partiendo de la hipótesis de que el estado inflamatorio está presente en casi todas las enfermedades.
Por último, la homeopatía, al prescribir a los enfermos que sigan una dieta muy estricta, llama la atención de los médicos sobre uno de los aspectos más importantes del tratamiento de las enfermedades crónicas.
Notas:
1- El autor, o el tipógrafo, utiliza indistintamente las dos grafías: «homœopatique» y «homœopathique». En la transcripción, solo se ha conservado la primera en el título del artículo, a modo de curiosidad.
2- El 6.º Organon culmina la homeopatía como un sistema médico de notable coherencia, cuyos principios y normas están íntimamente relacionados entre sí y se basan en hechos que lala experiencia y la observación han recopilado y examinado con el fin de extraer una conclusión sin conjeturas ni arbitrariedad. Pero, desde un punto de vista más pragmático, se puede decir que Hahnemann, al enseñarlos progresivamente en un orden lógico a lo largo de los párrafos del Organon, establece una verdadera guía razonada en materia terapéutica que permite al profesional alcanzar el objetivo (la curación) por el medio más adecuado. En este sentido, la homeopatía es un auténtico método.
3- Esta broma del autor ya no tiene, naturalmente, sentido alguno; el absurdo, tal y como él sugiere, no es un ingrediente propicio para el éxito, al menos no para su perdurabilidad. Ya coexistían varios sistemas teóricos de medicina —entre los eclécticos, los empíricos, los dogmáticos, etc.— cuando la homeopatía entró en escena y, como es lógico, ninguno de ellos ha sobrevivido. Sin embargo, todos ellos contenían tanto absurdo como el que, a primera vista, se supone que contiene la homeopatía. Pero digámoslo alto y claro: ha sobrevivido no porque no hiciera daño, sino porque sus éxitos populares durante las epidemias y el apoyo de buena parte de la aristocracia (que tenía un acceso más fácil a la medicina y podía comparar) aseguraron la difusión de su eficacia concreta.
4- Resulta difícil saber aquí si el autor, al emplear la palabra «éxito», quiere decir que la homeopatía, de forma paradójica, tiene posibilidades de desencadenar un posible efecto placebo, dado el contexto «absurdo » (al fin y al cabo, ¿no me queda más que creer en ella, o incluso me apetece creer en ella por lo extraña y atractiva que resulta, etc., y al hacerlo me sitúo en condiciones más favorables?), o si quiere decir que la homeopatía tiene posibilidades de prosperar. Sea como fuere, para un homeópata, la homeopatía no tiene nada de absurdo, o al menos los resultados clínicos que observa al emplearla correctamente le llevan a pensar así, ya que es comprobable mediante la experimentación.
5- Interpretación personal del autor: Hahnemann nunca habló de «unas horas». Se trata de los primeros efectos positivos que se manifiestan como reacción a la toma del medicamento homeopático, a menudo unas horas después, a veces menos, a veces más.
6- Para la definición del término «solidista», véase, por ejemplo: https://www.cnrtl.fr/definition/solidiste
7- Médicos ficticios y personajes de obras literarias famosas (El enfermo imaginario, y La historia de Gil Blas) en las que la medicina de finales del siglo XVIIe principios del siglo XVIIIe Se burlan de ese siglo.
8- Hay que tener muy presente la generalización abusiva que comete aquí el autor, quizá por comodidad. Hahnemann afirma que los medicamentos pueden llegar a ser específicos para un estado patológico o para una forma de enfermedad, pero no dice que para cada enfermedad concreta exista un remedio específico. La belladona nunca ha curado todos los casos de escarlatina; eso sería demasiado sencillo.
9- El autor hace referencia al virus de la vacuna elaborado para la vacunación contra la viruela. Para obtener una visión histórica y una crítica del método de Jenner y de las relaciones conceptuales que mantiene con la homeopatía, véase: https://planete-homeopathie.org/vaccination-obligatoire/
10- En este contexto, «la dosis» se refiere a la cantidad de medicamento que hay que tomar, mientras que «la energía necesaria» se refiere a la dinamización.
11- La cantidad de medicamento que hay que administrar, al igual que la dilución que hay que elegir, depende, por supuesto, de cada caso. Se supone que el autor solo pretende llamar la atención al afirmar que una cantidad tan pequeña es invariable.
12- Se trata de una máquina de Hauksbee. En 1834, el conocimiento de los fenómenos eléctricos era muy limitado, lo que sin duda explica el entusiasmo precipitado del autor al ver una analogía entre ambos procesos. Casi doscientos años después, la incertidumbre inherente a las hipótesis actuales que explican el mecanismo de acción de las diluciones homeopáticas no impide que los homeópatas sigan entusiasmándose una y otra vez ante curaciones a veces espectaculares.
13- Todo esto figura efectivamente en el párrafo §260 del sexto Organon. Hay que tenerlo en cuenta a la luz de los hábitos alimenticios de los pacientes en el siglo XIXe. Sin duda, habrá que actualizar las recomendaciones de higiene actuales. 🙂