Introducción
La palabra «protocolo» tiene connotaciones mágicas, un poco como los sufijos «pro» o «plus» que el marketing suele animarnos a añadir al nombre de un producto.

En la imaginación del público, el PROTOCOLO es el garante de la «ciencia» y la «seriedad». Sin embargo, el término se refiere precisamente a la aplicación ciega de instrucciones dadas desde arriba. Alguien ha pensado por ti y tú aplicas ciegamente su «saber». Es también el fenómeno de la lista. Un gendarme viene a buscarte a ti y a toda tu familia a las 3 de la madrugada; le preguntas por qué: la respuesta es que estás en la lista.
La medicina convencional es, por tanto, muy aficionada a los protocolos, ya que busca inhibir cualquier capacidad de reflexión por parte de quienes la practican; se trata, en definitiva, de un mecanismo poderosamente fascista que casi nadie comprende. A los médicos se les explica que sus observaciones personales carecen de valor y que lo único que cuenta son las estadísticas de la industria.
Sin embargo, lo que la experiencia nos enseña desde tiempos inmemoriales es que TODOS los tratamientos propuestos como protocolos o métodos por parte de la medicina alopática han sido abandonados… en favor de NUEVOS protocolos, etc., sin cuestionar nunca el propio modo de pensar, que es fundamentalmente sesgado. Ayer, todos esos señores practicaban sangrías; hoy, todos administran vacunas. Ayer, todos recetaban sulfonamidas; hoy, el antibiótico de última generación, cada vez más tóxico. Ayer le daban a todo el mundo cortisona (era incluso una cuestión de estatus social: solo un médico «elegante» tenía corticoides en su botiquín); hoy, los inmunosupresores han tomado el relevo…
Un modelo inadecuado
¿Por qué es errónea esta forma de pensar? Simplemente porque la industria solo se rige por normas, lo que conduce a la estandarización y, sobre todo, a la homogeneización de su producción. A la larga, esto conduce, además, inexorablemente a una bajada de todos los estándares, lo cual es la evolución lógica de un sistema basado en la rentabilidad, hasta el punto de que pronto el eslabón débil será el propio ser humano, al que habrá que plantearse eliminar.
La idea, por tanto, consiste en reducir al ser humano, en el ámbito de la «medicina», únicamente a los rasgos comunes que comparten las personas: brazos, piernas, nariz… lo que, por supuesto, da lugar a una caricatura repugnante. ¿A quién le importan los infinitos matices que nos caracterizan a todos frente a nuestro vecino? Pero la idea está ahí: imponer a todos el dictado de una visión desnaturalizada porque hace caso omiso de los individuos. Producción en masa, medicina en masa.
La industria ya no trata (desde hace mucho tiempo) a ningún enfermo, sino que solo busca dar salida a su producción para obtener beneficios colosales. Para ello, se lanzan a ciegas baterías de pruebas y, si ocurre algo, se paga para obtener la teoría patológica ad hoc que respalde el producto en su venta y su justificación. El envoltorio «científico» evoluciona con el tiempo y ya solo impresiona a los «idiotas útiles» del sistema, hipnotizados por la noción engañosa de «progreso». Sinceramente, ¿cómo se atreven estas personas a darnos lecciones de ciencia?
Otra forma de entenderlo
Volvamos a nuestro tema. La homeopatía se basa en la constatación fundamental de que nunca podremos elaborar una teoría correcta sobre el funcionamiento de los seres vivos. Pero que los seres vivos nos informan de su disfunción a través de la imagen patológica que se nos presenta. Se necesita una buena dosis de humildad para superar este primer escollo conceptual.
La realidad es que cada persona está enferma en cuanto a un conjunto de síntomas indisociables y es portadora de su propia historia familiar y personal. Esta simple afirmación basta para echar por tierra las esperanzas depositadas en los «protocolos» industriales. Es más, NUNCA el mismo factor causal de una enfermedad —ya sea una intoxicación o una vacuna, o un shock emocional— producirá los mismos efectos en cada persona. En biología, las mismas causas generan miríadas de efectos diferentes, lo cual es exactamente lo contrario de lo que ocurre en el mundo inanimado, donde, por ejemplo, dos electrones siempre producirán interacciones reproducibles…
Por lo tanto, resulta doblemente imposible predecir de antemano cualquier protocolo sin estudiar el caso, ya que:
-los mismos factores producen efectos diferentes
-y que cada paciente va a desarrollar una adaptación personal a ese estrés, manifestando síntomas que siempre varían de una persona a otra.
Lo extraño, tal y como señalaba el gran Lippe, es que la mayoría de los hombres a los que se les ofrece la luz prefieren volver a la oscuridad. En lugar de empezar por caracterizar el caso, observarlo y analizarlo para comprenderlo, se prefiere probar una serie de recetas, lo que hace que, cada vez, el enfermo resulte un poco más incurable.
11 vacunas: ¡que cada uno se las apañe!
Ante la catástrofe sanitaria que se avecina con las 11 vacunas obligatorias, muchos padres buscan salvar tanto al niño como a la cabra. Si fuera más cruel, diría que intentan aliviar sus angustias sin atreverse a infringir la ley. Como reflejo directo de la precariedad de la homeopatía y de la falta de formación de quienes prescriben estos tratamientos, vemos proliferar por todas partes protocolos que supuestamente amortiguan los efectos de las vacunas…
El «protocolo Chlorum» contra el autismo (suspiro) y tantos otros protocolos supuestamente homeopáticos como el que estamos comentando. Todo esto es una buena forma de despertar esperanzas vanas en padres que sufren y, al mismo tiempo, de desacreditar la homeopatía, ya que a la inmensa mayoría no le afectará en absoluto… pero sí le decepcionará. Los creadores de estos protocolos se preocupan por darse un aire de seriedad imitando así al poder alopático dominante. Sería más eficaz aprender a fondo la homeopatía y sorprender con los resultados que solo los «verdaderos» homeópatas consiguen.

Para empezar, cabe destacar la repetición arbitraria e inoportuna. ¿Con qué frecuencia se debe repetir? ¿Cada semana? ¿Cada mes? ¿Cada segundo? Solo el estudio riguroso de la homeopatía permite responder a estas preguntas.
La mezcla de estos diferentes medicamentos no solo produce efectos totalmente desconocidos, sino que también reduce la sensibilidad del paciente a un medicamento que algún día se le recetaría correctamente. En definitiva, se trata de una mezcla aún más perjudicial si se tiene en cuenta que el médico que la receta no tiene la más mínima idea del concepto de cantidad de dinamización y hace que el paciente se tome tubos enteros, lo cual es (por si aún hiciera falta) una prueba más de su notoria incompetencia. Basta pensar que el influjo medicamentoso de un solo glóbulo en 200 ml es suficiente para provocar potentes agravamientos…
Por lo tanto, hay que pensar que el creador del protocolo posee poderes adivinatorios que le permiten saber de antemano que Thuja está indicado. El Repertorio nos ofrece la siguiente lista:
VACUNACIÓN, continuación de: acon.8, ant‑t.2+7, apis.2+7, ars., bell.8, bufo.7, carc.78, crot‑h.8, echi., hep., kali‑chl., kali-m.2+7, maland., merc.8, mez.7, nat-p.88, ped.7, psor.7, sabin.2+7, sars.7, sep.8, sil., sol-t-ae.88, sulph., thuj., tub. 2+7, vac. 7, vario. 7
¿Cómo es que este brillante bípedo ha elegido Thuja y no cualquier otro de esta lista, que podría estar incompleta? Es un misterio. Pero eso no es todo, ahora nos encontramos prescribiendo una dinamización de la vacuna BCG: se trata de un producto que no ha sido sometido a ensayos clínicos y, en esta ocasión, estamos haciendo que se ingiera un medicamento cuyas propiedades se desconocen. Por lo tanto, es imposible saber en qué teoría, solo Dios sabe cuál, se basa todo esto. A continuación entra en escena Silica, ¡que es el antídoto de Thuja! Uno se pregunta si el creador del protocolo nunca hizo nada mejor que estudiar homeopatía en una revista de moda.
La isoterapia: combatir el mal con el mal
Y así llegamos a la inevitable «isoterapéutica», es decir, a la creencia mágica de que la vacuna en forma homeopática puede tratar los trastornos que ella misma provoca.
La isoterapia es un disparate; a miles de padres les recetan esta grotesca deformación de la homeopatía como supuesto «tratamiento» de las supuestas secuelas de las vacunas. Voy a tener que recordar aquí algunos conceptos básicos que aquellos que nos deshonran haciéndose pasar por homeópatas deberían haber estudiado antes de recetar.
– La enfermedad no es más que un desequilibrio de la energía vital; por muchos productos químicos que se administren, estos solo existen a nivel nutricional y el organismo los elimina. Puedes limpiarte el colon o «desintoxicarte» (otro concepto absurdo) todo lo que quieras, pero la huella dinámica permanece;
-Los miasmas son agentes contaminantes dinámicos, capaces de afectar a la fuerza vital; hay algunos agudos, a veces epidémicos, pero también crónicos que permanecen arraigados en la fuerza vital, de los que no es posible curarse y que se transmiten a la descendencia. Pionero también en epidemiología, Hahnemann distinguió cuatro de ellos. Solo el tratamiento homeopático antimiasmático puede erradicar algo así.
-Una vez dinamizado, un medicamento no es más que una enfermedad artificial capaz, a su vez, de contaminar la fuerza vital y de ejercer un efecto sobre ella como fuerza, en el sentido físico del término, con una dirección y una intensidad. Este contagio sobre la fuerza vital la empuja entonces a producir síntomas, es decir, una nueva totalidad. Esto es lo que llamamos patogenesia, cuando la administración de la sustancia se realiza en un sujeto sano: es la única forma racional de estudiar los efectos de los medicamentos, explorando su capacidad para provocar enfermedad. A diferencia de la enfermedad natural, la enfermedad artificial provocada por los medicamentos puede modularse a voluntad en cuanto a su potencia, pero su efecto se desvanece rápidamente a menos que se renueve de forma intempestiva, lo cual es, por supuesto, el caso de los protocolos.
-Solo teniendo en cuenta la totalidad de los síntomas, que expresan la reacción del organismo —una entidad única— ante la agresión del agente patógeno, permitirá restablecer la salud en lugar de deteriorar el estado de salud, como hacen todas las terapias fragmentadas que se centran únicamente en un síntoma.
-En teoría, pues, tenemos dos posibilidades: recetar un medicamento que tenga la propiedad de crear una totalidad similar, es decir, una totalidad «imagen en un espejo», lo que se denomina un enantiómero. La segunda posibilidad, la enantiopatía, sigue siendo una abstracción y no da ningún resultado, salvo un empeoramiento de los enfermos. Solo sigue siendo válido el primer caso; a esto se le llama homeopatía (había que darle un nombre, pero ahora comprenderéis que se trata de un principio general al que nadie puede sustraerse).
Susceptibilidad patológica
Para enfermar, existe de forma latente una susceptibilidad mórbida en toda persona, en función del estado de salud, la herencia genética, los miasmas crónicos que podrán manifestarse o no, etc. En resumen, habrás observado que enfermar es un proceso condicional y que, además, las mismas causas no generan los mismos efectos, lo que, por otra parte, distingue radicalmente a la biología del mundo físico inanimado, tal y como hemos visto. Dependiendo de la susceptibilidad, uno podrá enfermar o no ante un agente agresor. Esto ocurre ÚNICAMENTE en un plano dinámico; la perturbación de la fuerza vital se transmite entonces al sistema nervioso autónomo, al sistema inmunitario, al sistema hormonal, etc. Dinámica en un principio, la perturbación pasa a ser cuantificable químicamente y, posteriormente, visible anatómicamente. La medicina convencional se dedica así a tratar inútilmente los efectos, confundiendo causas y consecuencias…
Las vacunas no son más que un factor agresivo entre una infinidad de otros. Los virus, las bacterias, las causas físicas o emocionales, etc., desempeñan un papel igualmente importante a la hora de desencadenar una enfermedad crónica. Pero, estrictamente hablando, la aparición de la enfermedad crónica se produce ÚNICAMENTE porque un miasma crónico ya existente ha sido «despertado» por el agente agresor. Podemos hacernos una idea imaginando que el miasma crónico, como la hiedra, se ha adherido a la fuerza vital, que debe mantener constantemente tropas para impedir que avance. Si, para hacer frente a un agente agresor agudo, la fuerza vital se ve obligada a movilizar todas sus tropas, comprenderéis que el miasma crónico aprovecha para avanzar. Así pues, no existen complicaciones de enfermedades agudas, sino únicamente un despertar del fondo crónico latente por parte de la enfermedad aguda. Se trata de una concepción que va mil millones de años luz por delante de la medicina tradicional…
Así pues, un niño ya nace con un bajo nivel de salud debido a que sus padres se han visto mermados por una vida de medicina alopática, contaminación de todo tipo, etc. (lo cual es lógico, ya que hace una generación no se veían tantos casos de autismo). En este contexto, la agresión inmunológica que supone la vacuna, administrada de forma masiva, abre la brecha que solo esperaba manifestarse. Su fuerza vital queda alterada de forma crónica y esto da lugar a toda una serie de síntomas.
Un conjunto de síntomas
La ingenuidad en este caso consiste en no comprender un punto esencial: la vacuna va a producir una REACCIÓN TOTAL, que representa la adaptación de la fuerza vital ante la agresión. En definitiva, la vacuna no es una simple astilla que haya que extraer con unas pinzas, sino que genera una reacción GENERAL, que será PROPIA DE CADA PACIENTE. Surge una nueva totalidad. Una vez comprendido esto, se hace evidente la tontería de creer que se puede tratar una enfermedad MEDIANTE su AGENTE causal dinamizado: eso no tiene ningún sentido. Nadie cura el sarampión con el sarampión, el estafilococo con el estafilococo, la neumonía con el neumococo, ni el resfriado con una dilución del viento del norte.
Imagina que te resfrías, es exactamente lo mismo. El agente causante ha desencadenado su efecto y, según cada caso, tendremos o bien… nada en absoluto, o bien un resfriado, o bien una neumonía, o bien una diarrea, etc. Para tratarlo, es imprescindible encontrar EL medicamento que se corresponda con esa reacción.
Si prescribes la isoterapia de la vacuna, en primer lugar hay que tener en cuenta que es ALGO DIFERENTE de la vacuna sin diluir. Ha sido transformada mediante la dinamización. La fuerza vital, al entrar en contacto con ella, recibirá una señal adicional muy similar al agente perturbador inicial. Dado que el organismo ya ha enfermado con la vacuna, es razonable pensar que presenta una susceptibilidad tanto a la vacuna como a su isoterapéutico, que representa algo así como su vector dinámico.
En la práctica, por esta razón, se producirá inevitablemente una reacción al tratamiento isotérpico; por eso estos malditos tratamientos isotérpicos suelen provocar fuertes agravamientos… que dan a entender que «es maravilloso, algo está pasando». Pero, ¿a qué conducirá este empeoramiento? Obligarás al organismo a reaccionar aún con más intensidad, tal y como ya lo hizo ante la vacuna. Eso es todo. Algunos síntomas cambiarán y, muy a menudo, aparecerán otros nuevos. Y punto.
En conclusión, estamos asistiendo a un escandaloso abuso hacia los pacientes por parte de personas con poca o ninguna formación en homeopatía que, sin embargo, se hacen pasar por homeópatas. Sin duda, sería preferible que los padres, preocupados con razón por administrar estos productos de composición y efectos desconocidos, asumieran sus responsabilidades y se rebelaran contra una ley injusta.
Dr. Edouard Broussalian
–Artículo publicado en agosto de 2018 en la página web de Planète Homéopathie